La noche del martes, Robe Iniesta tomó la vereda de la puerta de atrás, desencadenando una cascada de duelo que en las últimas horas ha inundado las redes sociales, las ondas, las páginas y las conversaciones de buena parte de nuestro entorno.
Una corriente que, algo impensable en España, supera barreras generacionales, geográficas, de clase social e incluso ideológicas. De hecho, no sé qué si lo han planteado ya en el INE, pero seguro que si sacan la estadística descubrirán que en este país hay más camisetas de Extremoduro que de los Ramones, que ya es decir. Y sí, sus dos millones y medio de oyentes mensuales en plataformas ya daban, claro, una idea de las dimensiones del artista, pero de repente todo el mundo, desde amigos hasta celebridades, de vecinos a ministros, todos han subido un estado de wasap o una story. Todos tenían su canción favorita, cada uno una historia, una anécdota o un recuerdo íntimo asociado a su música. Por pocos creadores se habrá llorado tanto y tan unánimemente como estos días por el extremeño.
Y eso que ni Robe lo tuvo nunca fácil, ni se lo puso nunca fácil al resto. Su historia es la de una lucha personal por superar condiciones adversas, por lograr lo imposible. No sabemos si al tercer día resucitará, pero sí que obró el milagro de vivir de la música sin la menor renuncia artística. De hecho, fue el verdadero pionero de los grupos independientes, junto a Fito Cabrales, cuando a finales de los ochenta Extremoduro y Platero y Tú demostraron que había vida más allá de la dictadura de las radiofórmulas y las discográficas, de lo que ahora llaman el ‘mainstream’. Sin salir en las noticias, movilizaron a millones de fieles. Fue el triunfo de lo marginal, del underground, que fijó en la memoria colectiva algunos himnos que ya son eternos, de ‘Si te vas…’ a ‘So payaso’. Aunque lo que más se llora estos días quizá sea ese «joder qué guarrada sin ti». Adiós desde esta calle sin salida, maestro.
[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el jueves 11 de diciembre de 2025]

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