La guerra del wasap

Esta semana he tenido que abandonar un grupo de wasap. Por supuesto, no era la primera vez, y desde luego espero no ser un caso único, pero no termino de acostumbrarme a que ciertos espacios o ciberespacios que se suponía que iban a servir para acercarnos y mejorar la comunicación interpersonal acaben convertidos en campos de batalla. Pero con la tecnología ha pasado como con la pandemia: nos iba a hacer mejores y al final sacó lo peor de cada uno.

Lo peor, en este caso, es la política. O más bien la radicalización de posturas, que en los últimos tiempos está dificultando la convivencia en nuestro país. El mismo país en el que crecimos felizmente apolíticos, al menos en la vida cotidiana. En concreto en mi generación, ni en el instituto ni en la universidad ni en los bares ni en ningún lado se hablaba de política. Era algo que se sufría con un elegante distanciamiento, un mal necesario que, en el fondo, no nos importaba demasiado. Seguramente cada uno tenía sus ideas, pero había que alcanzar un nivel de intimidad muy alto para que las compartiera. Simplemente, la ideología de cada cual no era algo que nos importase.

¿Cuándo decidimos los españoles que ya no merecía la pena respetar a los demás y buscar el consenso? ¿Cuándo que era el momento de imponer las ideas propias? Desde hace casi una década, para unos se acaba el mundo todos los días y para otros estamos en peligro inminente, si los contrarios llegan al poder. Podríamos haber construido juntos un gran país, y sin embargo preferimos vivir en una nueva guerra fría, en una absurda reedición de la guerra civil, que se libra en las redes sociales. ¿De verdad nos merecemos un mundo así?  

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el domingo 28 de diciembre de 2025]

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